miércoles, diciembre 12, 2007

Busquedas y digestiones

La noche del diluvio. Turner


Antes buscaba la Verdad,


ahora me conformo con la coherencia.


Problemas digestivos, quizás.

domingo, octubre 07, 2007

Despertar

La Bella Durmiente. Kinuko Craft

I

Esta noche soñé con una ciudad que parecía conocer bien mientras duró mi sueño, pero luego, al despertar, supe que no existía en este mundo nuestro.

Había dejado abandonados ciertos objetos personales y queridos en algún lugar público, creo que una especie de pequeña marquesina cerrada, como una cabina telefónica. Era un refugio que protegía del frío y de la lluvia al viajero que, atento a lo evidente, supiera reconocerlo al pasar y quisiera detenerse unos momentos. Los dejé en aquel lugar no por olvido, sino porque debía volver a pasar por aquel sitio más tarde y nadie, que yo supiera, había nunca entrado allí más que yo.

Llevaba ya caminadas varias manzanas (recuerdo las calles, los edificios, los árboles) cuando pensé que aquel rincón no era realmente mío, que alguien podría pasar por allí y llevarse mis cosas al pensar que estaban abandonadas.

Volví pues, desandando deprisa el camino. Sentía cierta inquietud al recorrer de nuevo esas calles, más largas de lo que hubiera querido y que, a medida que avanzaba se me iban haciendo menos familiares. Y así hasta llegar a un lugar que todavía conocía, pero en el que ya dudaba de cual de los caminos debía tomar. En ese momento de indecisión, que se hizo interminable, con la inquietud de haber perdido los objetos que tanto necesitaba y quería, me desperté.


II

Justo en el instante de abrir los ojos a este mundo que compartimos, comprendí que aquello que tanto me preocupaba en el sueño, llegar a tiempo y recuperar mis cosas, era ahora completamente intrascendente. En el acto de despertar no solo aquellas pocas cosas mías, sino la ciudad entera y, aún más, el que transitaba por ella se habían perdido. Pero nada de todo aquello importaba al que despertó. Plena conciencia e interés nulo por aquellos mundos, así se podría definir su estado.

Y supe, con certeza, que esta ciudad en la que escribo ahora no es más real que aquella otra en la que mi conciencia caminaba en sueños. Ambas están fabricadas, me parece, de la misma sustancia: una especie de presencia cruda que ahora casi me siento capaz de tocar.

Y me surge la pregunta:

¿Si ese fue el despertar del sueño horizontal, por qué el otro Despertar ha de ser diferente?

En ese instante del Despertar se disipará este universo de ahora, que en realidad se llama Francisco. Se borrará en un momento, como si nunca hubiera existido. Y esto no tendrá ninguna importancia para el que despierta. Tal vez porque se sabe a la vez soñador y materia de la que se hacen todos los sueños. Francisco podría volver en cualquier momento si Eso quisiera pero, ¿para qué?.

Siento que en mis labios se curva la sonrisa, una sonrisa que brota desde adentro, como el pájaro gigantesco que anida en el Corazón y extiende sus alas más allá de si mismo.

Si algo mío sobrevive al Despertar creo que solo podrá ser esta Sonrisa.

jueves, septiembre 13, 2007

Dialogos de ovejas

Blade Runner.


Todos esos momentos

se perderán en el tiempo.
Como lágrimas
en la lluvia.

Philip K. Dick. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Esta mañana, de camino al trabajo, me encontraba de pie, como casi siempre, apoyado en una de esas puertas del metro que nunca se abren durante el trayecto. Releía, por enésima vez, el capitulo 8 de MBH(*). A mi derecha, sentada, una mujer hojeaba uno de esos periódicos gratuitos que se reparten en la entrada a los viajeros. En las páginas que tenía abiertas en ese momento, se leía en grandes letras el siguiente título:

“¿Buscas la autenticidad? Fíjate en Katherine Hepburn”.

Por supuesto, allí no estaba K. Hepburn para que nos pudiéramos fijar en ella y, por no haber, no había en el escrito ni tan siquiera una foto suya, aunque fuera pequeñita.

Fue como si, de pronto, en esas horas tempranas en las que tanto aprecio los murmullos y los sonidos bajos, hubiera entrado en el vagón un payaso gritón, vestido de amarillo y haciendo piruetas. Sentí, de improviso, un atisbo de lo grande que es el peso del absurdo que soportamos cada día. El absurdo en el que vivimos, hablamos, comemos, dormimos y, literalmente, nos revolcamos.

“¿Buscas la autenticidad? Pues fíjate en la imagen mental del recuerdo que te ha quedado de esa mujer que viste en televisión, ya hace años, interpretando en blanco y negro películas que has olvidado”

Estuve a punto de decir en voz alta: “Que titulo más absurdo”, pero me contuve a tiempo.

¿Y si aquella mujer del periódico también veía la televisión y me contestaba “¿por qué absurdo?¡Caterin era una gran mujer!”?

¿Que hubiera podido contestar yo entonces? Hubiera tenido que sufrir de nuevo el cansancio de comprobar la impotencia de las palabras cuando se quiere salvar un abismo entre las conciencias.

Y luego habría tenido que fabricar de la nada la sonrisa, como hizo Dios con el Mundo, y entregársela a ella. Eso es lo más importante. Sonreír por dentro para evitar la dentellada de ese vacío entre los dos, que te arranca medio corazón y te deja frío y endurecido, contemplando al otro como si fuera un bicho. Sonrisa para curar la picadura venenosa del desprecio, que te deforma monstruosamente por dentro y te escupe luego, culpable y sucio, entre los animales.

Que triste, mejor callar cuando se sabe que la conversación no superará la primera sonrisa.

(*) La Máquina Biológica Humana como aparato de transformación. E.J.Gold

martes, agosto 21, 2007

Trilogias


La Mano de Dios. Rodin, Auguste


Es extraño. Hay días en los que me siento tan compacto como un guijarro, nítido como el borde de un tejado que se recorta al cielo. Y hay otros, sin embargo, en los que no sabría decir donde acabo y donde empiezo.

En estos instantes, por ejemplo, ni siquiera mi cuerpo se dibuja claramente. Los pies se funden en una sombra suave con el suelo y siento que la planta, y la almohadilla de gato bajo los dedos, se extienden mucho más allá de donde debieran. Como si los pies se desparramaran imperceptiblemente bajo la mesa, en esa sombra que no es del suelo ni es mía, sino del cuerpo de otro ser que brotara de ellos.

* * *

Si dejo lo visible y me vuelvo de lo que es mío hacia mi, de lo que tengo a lo que soy, de mi cuerpo a “lo que se da cuenta”, todo se vuelve aun mas difícil de comprender. O quizá, de aceptar. La conciencia de mi no acaba en mi. O, mejor dicho, la conciencia de mi esta hecha de los recuerdos de cuando estoy con otros. Reúno los pedazos de mi historia y los levanto juntos, como un cristo que resucita a lázaro, como un judío con su golem, como un frankenstein que espera un rayo para dar vida a su obra.

¿Que soy, salvo el recuerdo de los otros en mi y de lo que dije e hice cuando viví con ellos?

Pero no, no es del recuerdo solo de lo que hablo. El recuerdo es aún parte del cuerpo. Este conjunto de seres modelados por mi memoria, este escenario lleno hasta los topes de personajes diversos hechos de lo que viví y sentí al vivirlo no soy yo, sino una especie de película virtual, un mundo eléctrico que vive almacenado en los pliegues de mi mente. Es a el, ¡ay de mi!, a este fantasma de miedo y pereza, al que permito gobernar mi vida, y adoro como a un becerro dorado y llamo “mi ego” y le doy mi nombre.

* * *

Sin embargo la consciencia de la que hablo, esa que solo irradia en el aquí y ahora, es mas grande que yo mismo. Es tan ancha y tan rica que no puede ser robada, ni siquiera por mi, pues no encuentro espacio ni cuerpo alguno, para poder guardarla.

Tal vez al recordar intensamente a otro ser, al levantar su recuerdo dormido en nosotros se le invoca, se le está llamando. Algo arde en mi con un fuego sin llama y brota un humo claro, o una suave luz, extendiendo sus zarcillos por dimensiones desconocidas hasta tocar la luz del otro. Y entonces, si ese otro no me retira su mano, la consciencia ya no es consciencia solo de mi, sino de nosotros.

La consciencia de la que hablo es un cuerpo nube en el que todos existimos al unísono, con una sola mente y un solo corazón.

Como la sombra del pie en el suelo... La sombra del Alma Única que se extiende, imperceptible, siendo y no siendo a la vez, junto al pie y el suelo.

sábado, julio 28, 2007

Caminos (III)

Puente del Diablo. Turner



Cuando sigas un camino hazte solo una pregunta:

si ese camino que llevas tiene corazón.


(Comentario de don Juan a Carlos Castaneda)

viernes, julio 27, 2007

Caminos (II)

Londres desde los ojos del Puente de Westminster. Canaletto


I


El camino nace con la distancia, con la nostalgia entre aquí y allí, entre ayer y hoy, entre lo que soy y lo que puedo ser.

Nace con la nostalgia y vive tendido en ella como sobre una amante, cubriéndola, dejándose envolver. Los dos se funden en un solo ser, y en un solo ser viven fundidos. Si se separan alguna vez, por un instante, solo es para mirarse con ojos de hombre y mujer, y abrazarse luego con mas fuerza. Nostalgia y camino, es así como el vacío se convierte en puente.



II


En el Uno no hay caminos. El camino surge cuando somos dos, nos nace como si fuera un hijo. No hay camino en mi corazón, sino entre tu corazón y el mío.


III


La distancia es el cuerpo del espacio, tal vez, y el camino su motivo: que la distancia se recorra, que la tristeza se agote, que se reúna otra vez lo que ya estuviera unido.

Es como si al espacio le naciera el alma y, con el alma, la piedad. Y en su piedad por vernos lejos, tan solos, el corazón se le hiciera sólido y el cuerpo, tangible. Como si el espacio invisible, al tocarnos, se diera cuenta de sí, se volviera consciente de que él mismo también existe.


IV


Todos nacemos de dos, en mitad del sueño, como nacen los caminos. Todos vivimos en nuestro vacío, y lo llenamos con dibujos de niño soñador, como a las blancas páginas de nuestro primer cuaderno.

Pero un día nos nace el corazón, y la conciencia y, con ellos, el llanto sin lágrimas.

Y comprendemos que somos a la vez soldado y obrero. Que estamos aquí para construir un puente, para defenderlo y cuando ya sea parte el paisaje, entregárselo al mundo y partir.

Haldan Road Sunset. Carol Ubben

domingo, julio 15, 2007

Caminos (I)


Tan dificil es el paso

por el filo de una navaja,

como duro es, según los sabios

el camino de la salvación.


Katha Upanishad


Siempre me gustó este verso, desde que lo leí, como una cita, en "El filo de la navaja" de S. Maugham.

Entonces era aún un niño, y desde ese día, al repetirlo, siempre quedé prendido en el asombro, por la fuerza evocadora de sus palabras.

Ahora, sin embargo, con algo más de experiencia, considero que no es tan dificil recorrer un camino como construirlo.

Y ¿como se podría recorrer un camino, sin levantarlo primero, palmo a palmo, piedra a piedra?

Por lo demás, lo que en verdad me admira, es mi arraigada creencia de que existen motivos para recorrer algún camino, cualquiera que éste sea.