viernes, marzo 30, 2007

Viaje

Senda hacia el Shambhala. Roerich.



Salgo de viaje.

Miro las cosas por última vez.



¿Quien volverá,

con mi nombre?

jueves, marzo 29, 2007

Visiones del subterráneo

Metro de Madrid

I

En el suburbano de esta ciudad hay ciertas estaciones en donde las líneas del metro se cruzan. Parece como si cada una, en la soledad de los subterráneos, quisiera permanecer en contacto con las demás, tocarlas aunque solo fuera con la punta de los dedos. O disponer quizás de un punto de recuerdo al que volver de vez en cuando, para así no sentirse tan solas. En las grandes estaciones las manos de los caminos se juntan.

Estos lugares son largas extensiones de pasillos y escaleras por donde en las horas punta se vuelcan mareas humanas que vienen y van como por dos cauces de río que fluyeran a la vez separados y contiguos. Pero no son dos, sino un solo río circular que viene y va hacia los bordes de si mismo.

Y aquí estoy ahora, en una de esas estaciones, en una de esas corrientes, luchando por la consciencia, con la cabeza sobre el agua como un corcho que flota.

He dado vuelta a una esquina y me encuentro frente a un largo pasillo. Es como si se me hubiera tragado un enorme gusano, con sangre de neon en las venas y carne de azulejos blancos.

Camino despacio volviendo hacia la luz del sol. A izquierda y derecha dos bandas metálicas, una que va y otra que viene, arrastran consigo a multitudes tan numerosas que al mirar sus rostros me sacude el vértigo.



II

En el momento en que vuelvo la esquina un músico se pone a tocar. Le veo un instante, al pasar, en el único rincón del pasillo al que la corriente no llega. Coloca un pequeño disco en un aparato con dos altavoces y toma en sus manos, con mucho cuidado, un viejo violín de color oscuro.

Suena Vivaldi, de fuego y agua. Arranca como si reventara de pronto una granada color de oro, sembrando el aire con el vuelo de sus semillas rojas y blancas.

Es como si alguien hubiera apretado un interruptor, y encendido el mundo. Todo nace. Veo de pronto que las dos cintas metálicas arrastran las multitudes con velocidad perfecta. En cada una de las corrientes se mueven cientos de seres, pero todos parecen marchar con un mismo son, cada río hacía su sitio. Los centenares de luces del techo pasan también con su ritmo exacto, ni rápido ni lento, y los anuncios en las paredes, y el latir del corazón, y la música, y los pensamientos...

Cada una de las multitudes: la de los seres de carne y sangre, la de las burbujas de luz, la de las ondas de sonido y pensamiento, tiene su propia música.

Y cada uno de los seres que las forman tiene también la suya. Miles de corazones, como gotas, dentro de una ola única. Hagan lo que hagan, está bien. La corriente mayor les abraza como son y les une, brusca y dulce, con los demás hermanos.


Metro Mantis


III

Durante un tiempo se oye el violín, como si alzara el vuelo sobre las cosas. Su sonido es como el cielo de enero, claro y seco, tan puro que, al querer besar tus ojos, les hace llorar. Es como si su voz fuera el centro del frío. A su contacto el aire, y los seres dentro del aire, se vuelven de cristal y hielo, como un lago que se congelase sobre un pueblo recién sumergido.

El violín lo envuelve todo y lo sostiene, vibrando en el aire. Levanta un delicado mundo de espejos sobre el vacío y soporta su temblar hasta que todo se derrumba y se hace añicos entre sus cuerdas.

La Muerte que viene, un instante de silencio pasa y luego, con un hormigueo de diminutas notas, como si el viento jugara entre las hierbas, el mundo comienza a brotar de nuevo.

Por un momento todo lo veo en su complejidad y, a la vez, como si solo existiera un Ser en toda la extensión del Mundo.

Algo le ocurrió a mi cabeza en mitad de aquellos túneles: el pensamiento saltó en pedazos, cuando las cosas que le llegaban fueron tantas que los nombres se le acabaron. Solo me queda ya un escalofrío que me recorre el cuerpo y se queda prendido en mi pecho y en mi nuca, como un niño despavorido que se acurrucara entre mis brazos.

¿Qué soy yo?¿Quien soy? Esas preguntas han dejado, por un momento, de tener sentido. No hay tiempo para hacerlas, ni mucho menos para buscar respuestas.

Cuando la Vida lo está llenando todo, no queda sitio en el instante para pensar.

miércoles, marzo 28, 2007

Puentes

Golden Gate

Primavera.

Bajo el tibio sol han dejado de nevar las flores de los almendros.

¡Hay tantos motivos para el asombro! Y cada uno de ellos es una puerta abierta en este mundo gris, una puerta a otro universo que se halla también aquí, encerrado en el aire, como el corazón incendiado de un fruto maravilloso: la piel y la carne en la realidad, y las semillas en el milagro.

Hay puertas a otros mundos que se abren con un simple roce, con un choque casual entre dos cuerpos. Mundos que tienen un dueño, o al menos un creador, mundos de mujer y de hombre.

* * *
El otro día, cuando acababa de pagar una pequeña compra en la caja del FNAC y me encontraba ya preparándome para la marcha, sentí un roce muy leve en el codo izquierdo. Si los pájaros nos llamaran, nos llamarían así. Dos muchachos estaban pagando ahora, junto a mi y uno de ellos me había tocado el brazo. Quería advertirme de que interrumpía el paso a una limpiadora y a su carrito, un gran objeto azul lleno de cepillos y de esponjas. Todo sucedió en un instante. El roce del chico, el carrito que pasó por detrás mío, antes siquiera de que yo lo hubiera advertido, y un fuerte sentimiento de agresividad que brotó de pronto en mi, como surgido de la nada, violento y súbito, inesperado como una explosión.

El roce había sido muy suave, la expresión del chico nada decía que pudiera haberme ofendido, y aunque su rostro no era agradable ni siquiera me miraba a mí, sino al carrito pasando. Y sin embargo, donde antes había serenidad y agradecimiento por el libro recién comprado, ahora ardía una ira indeterminada, un ansia de pelea planeando como un buitre y buscando en donde aterrizar.

Al poco rato, y aun perplejo, comprendí. La rabia no era mía, había venido con aquel roce. Ese muchacho la fabricó y la rabia pasó a mi como pasa el incendio de un árbol a otro.

Hay puertas a otros mundos que se abren con un simple roce y puertas que no se abrirán ni siquiera a martillazos.

A algunos nos es más fácil olvidar los golpes, que los besos. Ahora comprendo por qué.

lunes, marzo 26, 2007

Cielo y Tierra

La lucha por el estandarte. Leonardo de Vinci (copia de Rubens)

Camino por la ciudad. Hay miles de seres, y cada rostro es distinto. Para el negro dios es negro, y para el mestizo, mestizo. Entro a comprar una bombilla y me entero por el que atiende que el Ser Supremo es electricista. A la salida me gritan desde un taxi que no, que dios nació en Madrid y siempre ha sido taxista.

El viento dice “se fluido y vuelve” y la tierra: “se compacto y quédate”. Pero yo se que cada uno habla solo de sí mismo, de su naturaleza y de sus maneras. El mundo no puede ser viento o tierra solo. Cada cual tiene su trabajo y su destino y adapta su forma a él. De niños es pretender que los demás sean igual que tú. Un mundo así, no se sostiene.

Agradezco al viento y a la tierra por ser cada uno lo que es. Los escucho y los abrazo, siempre lo haré si puedo, pero no los sigo.

Ellos tienen su trabajo y su camino.... y yo tengo el mío
.

domingo, marzo 25, 2007

Recordatorio


Unión mística (detalle). Johfra

No me dejaré engañar por la calma aparente. Por ningún motivo pensaré que mi vida está ya perdida o justificada.

Vivo cuando siento la sacudida eléctrica, como un rayo que nace en el centro de la nube, ahora, en mitad del vacío.
Lo demás no es vivir, sino quedarse esperando la vida.

Nada va a llegar jamás, salvo lo que ya está aquí.

Sabré que estoy dormido siempre que no me sienta vivir, ardiendo, en mitad del milagro.

Fenix.Johfra

sábado, marzo 24, 2007

Vivir de palabras (III)

Un Castillo en los Pirineos. Magritte


III



Y esta es, frecuentemente, nuestra historia. Bebemos del café flojo, mil veces repetido, y no en el relámpago espontáneo, helado y ardiente de la vida. En cada instante hay un nacer y hay una muerte, y a ambos nos los perdemos. En nuestra soberbia, no admitimos siquiera la simple verdad: que somos ignorantes, que vivimos en un mundo insustancial, construido casi enteramente de palabras, y por cuyos mecanismos nos deslizamos velozmente y sin fricción, como en patines sobre el hielo. Y, ante todo, que en nuestra pereza y en nuestro miedo nos hemos olvidado, tal vez ya para siempre, de que esta clase de vida que llevamos no es real.

Aún así, al hablar de cosas exteriores y físicas, tal vez existe redención. Quizá podríamos tener alguna oportunidad de autentico conocimiento. Podríamos sufrir una crisis de humildad, por ejemplo, y acabar reconociendo, en nuestro dolor, que aunque mucho hablamos, nada sabemos. Y así, liberados provisionalmente de la cárcel de la vanidad, tendríamos ocasión de experimentar, en su profundidad, el mundo y las cosas.

* * *
En las cosas de fuera tal vez, pero ¿qué ocurrirá con los fenómenos esenciales de la vida, esos procesos interiores que nos definen como seres humanos y sin los cuales no somos nada?¿como saber si hemos experimentado alguna vez el amor real, la libertad real, la iluminación real, la sabiduría real? ¿como conocer si al decir amor, por ejemplo, dos personas distintas se refieren a lo mismo?¿sabemos la diferencia entre pensar que amamos y amar? ¿No es sospechoso que siempre, y en todo lo que nos es particular, vivamos envueltos en nuestros pensamientos, rodeados por un enjambre de sílabas inarticuladas?

¿Cómo saber si estamos viviendo una vida auténtica o si solo nos debatimos inútilmente enredados entre sueños y palabras, mientras la araña de la muerte espera a clavarnos su colmillo? ¿Cómo saber si vivimos en el mundo, con todo el Ser, o solo residimos en un rincón imaginario, en el sótano de nuestra cabeza?

A veces, en mi soñar despierto, siento un sospechoso olor a tierra y humedad, siento que en el pelo se me han quedado prendidos restos de telarañas, siento que me falta espacio alrededor, y luz, y que si alzo la mano en la oscuridad, hacia cualquier parte que sea pronto podría tocar una pared tan espesa como la piedra. No se escucha el menor sonido. Parece que vivo ciego, en un espacio cerrado en el centro mismo de la tierra.

¿Será esto un sótano? ¿habrá otra forma de vivir que no sea esta? Si hay salida ¿donde está?

viernes, marzo 23, 2007

Vivir de palabras (II)

La Llave de los Campos. Magritte.

II

Si tenemos la experiencia de una cosa, las palabras que la nombran nos sirven para repetir, de forma muy amortiguada, esa experiencia que tuvimos con la cosa misma. Ella y yo, fundidos en un instante que pareció congelarse y al que se puede acceder como quien alcanza un libro.

Al recordar ya no interaccionamos con los seres de ahí fuera, es verdad, sino con nuestra memoria de ellos, recién despierta al escuchar sus nombres. Pero esta no es ni mucho menos una experiencia comparable a la primera. Por lo demás, repetir una y otra vez este proceso de puras palabras, sin hacer de nuevo el amor con las cosas mismas, es como beber un café mil veces vuelto a colar.

Si no tenemos la memoria, o si esa memoria ya está gastada, daremos un significado a las palabras que no es real. Si nunca he fumado en pipa, al ver la imagen de una o escuchar su nombre, lo rellenaré con un significado que no le es propio (no tengo el sabor del tabaco en mi garganta, ni el calor de la madera en mi mano, ni el gusto amargo de una gotita de nicotina que se mezcla con mi saliva…) El significado atribuido producirá, lógicamente, una experiencia pobre e irreal.

Este tipo de existencia, mitad ensoñación y mitad olvido es, con frecuencia, el único material con el que construimos la vida.